Odín Dupeyrón, millenials y buenrrollismo Coca-Cola

Hoy me he encontrado este fragmento de una entrevista a Odín Dupeyrón, tipo al que no conocía, en un late show mexicano. Me ha gustado mucho porque, con una gran habilidad de discurso, relata de forma acertada un problema que en la actualidad nos encontramos con frecuencia, y es la descripción descompensada que se le da a la gente de qué es la felicidad y por tanto –dado que todos por lo general queremos ser felices– cómo deben ser sus vidas para poder considerarse felices.

La felicidad es algo muy complejo de describir. Es difícil para uno mismo describir qué es la felicidad propia, y es aún más ambicioso pretender describir la felicidad ajena, o incluso la de grandes grupos de personas. Depende de las individualidades de cada uno, de su personalidad, de su cultura y de sus experiencias, y variará la definición que le demos a lo largo del tiempo, si es que alguna vez conseguimos definirla del todo. Ni nosotros somos psicológicamente estáticos, ni el mundo que nos rodea deja de girar, y lo mismo pasará con nuestras emociones.

En los últimos años hemos vivido unos cambios culturales y generacionales interesantes, y un viraje en el discurso sobre cómo debemos afrontar la vida, así como nuestras experiencias vitales, profesionales y personales. Antes, se nos daba un guión y nuestra misión era cumplir con dicho deber: cursar nuestros estudios, conseguir un puesto estable, ganar dinero, casarnos, comprarnos una casa y formar una familia. Por ejemplo. Lo importante no es estar de acuerdo en qué hacíamos o si lo cumplíamos o no, sino el hecho de que estaba meridianamente claro cómo debía ser. Todo esto favorecido por diferentes factores externos que invitaban a un comportamiento más estático que el actual, como una mayor estabilidad económica o una menor capacidad de movimiento geográfico de las personas y también de la información, previa a la globalización y el acceso masivo a internet. Esto tenía partes negativas y también partes positivas, dependiendo en gran medida de qué papel te tocara vivir y de tus circunstancias personales, como con todo.

Sin embargo, ahora el mundo avanza mucho más rápido, siguiendo un desarrollo exponencial, y nos enfrentamos a nuevos retos cada vez con más frecuencia y complejidad, lo cual nos lleva a la necesidad de adoptar un comportamiento mucho más flexible y a un cambio profundo de mentalidad.

La primera y más importante de las partes de este cambio ha sido darnos cuenta de que, al ritmo al que avanzan las cosas, muchas de las lecciones que habían valido hasta muy recientemente ya no nos sirven, y el guión que a nuestros padres y abuelos daba resultados aceptables se ha quedado anticuado. Un ejemplo que nos sirve para ilustrar dicho fenómeno es el de la educación en las escuelas y siguiendo con las carreras profesionales, cuando descubrimos que no tiene sentido basar nuestra formación en que instituciones terceras nos enseñen A, B y C, si para cuando terminemos de aprender C y salgamos del proceso de formación descubriremos que debemos aprender solos D, E y F, o que se han descubierto G, H e I. Básicamente, la capacidad de aprender y adaptarse a contenidos y problemas nuevos, se convierte en algo más importante y valioso en sí mismo que los propios contenidos, y es a lo que los sistemas de enseñanza urge hacer frente más que nunca: que los alumnos, más que aprender A, B y C, aprendan a aprender D, E, F y lo que venga. Dar prioridad al continente sobre el contenido. Y dado que nosotros no podemos saber qué es lo que el individuo necesitará saber en el futuro, proveerle de herramientas para que pueda descubrirlo por sí mismo y se adapte de forma individual. Y en esto se resume la primera parte del cambio, que comienza en la educación y que se extiende al resto de ámbitos: ante un futuro incierto, llamar al individuo a que desarrolle su autonomía y libertad, que tome decisiones y defina un camino propio, único y especial en su singularidad, animado ante la perspectiva de un futuro brillante de infinitas posibilidades y opciones de felicidad, sobre el que (se le dice) él es el único responsable.

La segunda parte de este cambio es que, aparte de surgir como necesario, viene propiciado por un cambio de factores externos que antes comentamos, como la generación, distribución y democratización masiva de la información, los nuevos modelos de negocios basados en dicha información, nuevas infraestructuras que favorecen la movilidad de personas y en definitiva una mayor libertad para viajar, informarnos, comunicarnos, conectar con los demás, ofertar, buscar, comprar y trabajar o emprender por nuestra cuenta y riesgo.

Este cambio en la mentalidad y los nuevos escenarios que con él vienen nos proporcionan un mayor número de posibilidades que se abren ante nosotros y que solo nosotros podemos escoger. Esto, por una parte, hace de la vida algo más excitante y prometedor, y nos debería impulsar a desarrollar esta nueva libertad para crecer como individuos libres y aspirar, no a seguir un guión marcado por terceros –ya que ya no valen dichos guiones– sino a crear un guión propio, nuestra propia estrategia, que será así diferente y diversa entre unos y otros, pero que casi siempre coincidirá en una meta última, que es la de ser lo más felices posibles. Nosotros, como individuos, buscando y llegando a nuestra misión vital personal. Se le dice a las personas que no tienen que vivir siguiendo un camino marcado y respondiendo ante los demás, sino que tienen la capacidad y la responsabilidad de buscar y crear el suyo propio, dependiendo así exclusivamente de sí mismos para lograr la única meta que sigue poniendo a todos de acuerdo, que es la de ser –y saberse– felices.

Y a partir de aquí aparece la otra cara de la moneda, que es que si tenemos la libertad para elegir aquello que queremos vivir –o así lo creemos– nos sentiremos responsables de los resultados que obtengamos y nos preguntaremos si la decisión que hemos tomado es la correcta que nos hace más feliz o si por el contrario hemos dejado escapar una oportunidad mejor. La soledad del líder ante un presente complejo y un futuro difuso.

Creo que todos estamos de acuerdo en que un futuro con ciudadanos más maduros, libres, responsables y con incentivos y posibilidades accesibles para desarrollarse, es una perspectiva muy positiva, y una evolución natural hacia lo mejor. Sin embargo, no deja de plantear ciertos retos y desequilibrios que todo movimiento provoca por inercia y que hay que detectar y compensar.

Nos encontramos, por ejemplo, con lo que cuenta Odín Dupeyron en el vídeo arriba expuesto, y que también trata de forma magistral, poniéndole nombre y apellidos al tema, Alejandro García –que tampoco conocía– en el artículo que ha publicado hoy en la Jot Down titulado Psicología positiva: y sonreirás sobre todas las cosas. Resumiendo, ambos destacan el peligro y las consecuencias de decirle a la gente que es responsable absoluta de conseguir o no ser feliz, dándoles al mismo tiempo una visión errónea y sesgada de qué significa ser feliz, que lleva a contradicciones, confusiones y frustración. Ante la ausencia de una autoridad social y cultural que nos dé un guión común sobre qué tenemos que hacer en nuestra vida, y la carga adicional de responsabilidad y libertad sobre el individuo, surgen nuevas corrientes y voces independientes, como esta de la psicología positiva. Y vemos que no es la primera vez que ocurre esto, y que ya en el siglo XIV surgió otro movimiento como el Humanismo, ligado al Renacimiento y al paso del mundo medieval al mundo moderno, que también tuvo su origen en la ruptura de viejos moldes y la reivindicación del individuo, y que Alejandro García menciona en su artículo por haber adolecido de defectos similares al que ahora tiene la psicología positiva.

En mi opinión, los aspectos negativos de estos movimientos como la psicología positiva aparecen al combinarse dos fenómenos que se retroalimentan entre sí: el primero es el ruido; un flujo ingente de mensajes difíciles de filtrar, en los que muchas veces se peca de una excesiva simplicidad y generalización, buscando ofrecer soluciones a problemas complejos que se puedan aplicar al mayor público posible y que atraigan a dicho público con textos de rápida absorción y fáciles de entender, que más que inducirnos a la reflexión buscan producirnos satisfacción instantánea. Cuando la demanda responde positivamente ante esto, se agrava el problema y sucede lo que ahora tanto se critica, que es la “mercantilización” de la felicidad, con frases eslogan y filosofía de autoayuda barata que no hace sino distorsionar y ofrecer unas expectativas de felicidad sesgadas que no se corresponden con la realidad, y que combinadas con una llamada a la responsabilidad sobre el rumbo de uno mismo, pueden generar frustración. Como dice el artículo de Alejandro García:

“Mientras que por una parte se alimenta de un individualismo exacerbado que subraya nuestra propia responsabilidad, y de nadie más, en el éxito o fracaso vital […], por el otro estigmatiza uno de los resultados posibles de nuestras elecciones.”

“Cuando eres el único responsable de todo lo que te ocurra en la vida, pero hay una fuerte presión social que te empuja a tener que ser feliz sin interrupción y sin margen de error, la neurosis está servida.”

Una vez dicho esto, añado que dentro de la literatura sobre desarrollo personal, hay libros y autores de grandísimo valor y utilidad disponibles para inducirnos a la reflexión y señalarnos una senda de aprendizaje con lecciones magistrales y una sabiduría seria, rigurosa y genuina. Es una pena que, en ocasiones, se les confunda y mezcle con otros tantos autores que no merecen tal categoría.

El segundo fenómeno que se combina, es el de la falta de reflexión y autoconocimiento de las personas. A una mayor libertad y responsabilidad del individuo, debería seguir una mayor dedicación a buscar por sí mismo respuestas y a desarrollar su capacidad crítica, autonomía y sabiduría de forma rigurosa y constante; porque de ello dependen cosas importantes, y porque puede. Tenemos más medios que nunca para obtener contenidos de conocimiento, sin embargo, dichos contenidos también favorecen el mismo ruido que nos distrae e impide dedicar nuestro tiempo a cuestiones serias, textos largos y proyectos sólidos a largo plazo. Aquí entra en juego lo que Barry Schwartz llama “La paradoja de la elección”, en una charla TED soberbia que también animo al lector a aprovechar. Tenemos tantos estímulos y tantas opciones, y queremos sacar tanto partido de nuestro tiempo, que nos es difícil tomar una decisión sobre las diferentes disponibles, escoger una que requiera un compromiso serio a largo plazo y mantenernos en dicha elección sin obsesionarnos preguntándonos si habremos elegido lo correcto. El análisis nos lleva a la parálisis, tenemos demasiada prisa y muchas expectativas, y queremos obtener grandes resultados en poco tiempo y esfuerzo. En dicho contexto, no es extraño que acabemos buscando la satisfacción instantánea y mensajes masticados y elocuentes que nos inyecten respuestas categóricas en vena, y no preguntas de digestión pesada. Esta falta de base sólida sobre nuestras creencias será la que, cuando lleguen los golpes, nos hará darnos cuenta de que no se puede eliminar el sufrimiento de la vida, de que ciertas metas son irreales y de que tenemos que adaptarnos a como las cosas de verdad son. Que hay ciertas cuestiones demasiado complejas, como qué es la felicidad, cómo tenemos que enfrentarnos al mundo, o qué personas queremos ser, que tenemos que tratar de resolver nosotros mismos, con trabajo y muchas preguntas con respuestas difusas, desde nuestra propia complejidad y la del mundo que nos rodea. Que nadie, ni nosotros mismos, nos puede comprender por lo que haya leído en un libro.

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Odín Dupeyrón, millenials y buenrrollismo Coca-Cola

Las raíces

Hoy he leído este artículo del New York Times titulado The Moral Bucket List, por David Brooks. Antes de continuar con el post, animo al lector a leerlo. Me ha gustado mucho porque describe muy bien y de forma original las características y lo que diferencia a las personas a las que yo llamo de Villarriba de las de Villabajo, y cómo la sabiduría que proporciona realizar una búsqueda de desarrollo personal es la que se traduce en estar contento con uno mismo y mantener una actitud serena, en primer lugar hacia uno mismo, y reflejado a su vez en los demás.

Y es esta inteligencia intrapersonal, este autoconocimiento, y no otra cosa, la que puede dar como resultado un liderazgo externo real, honesto y genuino. Siempre de dentro hacia fuera. Es lo que también Stephen Covey decía en su libro Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, cuando describía el éxito como una suerte de círculos concéntricos, que empezaban en el centro desde uno mismo y el paso de la dependencia a la independencia –los primeros hábitos– que constituía el éxito personal, y una vez que lográramos ese éxito y conquista nosotros mismos, podríamos lograr ese éxito social –interdependencia y sinergia– del que tanto nos hablan hoy en día. Y tener empatía, y no ser envidiosos, y transmitir seguridad en nosotros mismos, y transmitir paz a los que nos rodean. Salir de la niebla de la que nos habla Tim Urban. En definitiva, ser líderes, anteponernos a las circunstancias, ser los dueños de nosotros mismos y de nuestro entorno.

“External success is achieved through competition with others. But character is built during the confrontation with your own weakness.”

Las raíces