Conversaciones de ascensor

Nos cuesta estar en silencio con nosotros mismos, de la misma forma que nos cuesta estar en silencio en compañía de alguien a quien no conocemos, con quien nos falta mucho por hablar, que nos resulta imprevisible. De forma opuesta, estamos cómodos en soledad cuando nos sentimos conocidos, aceptados, lúcidos y claros, sabiendo quiénes somos y qué es lo que pensamos. Como cuando das un paseo con alguien con quien todo lo has hablado y os basta con disfrutar de la compañía, sin necesidad de conversar sobre cosas mundanas, sin tener que comprobaros.

 

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Conversaciones de ascensor

Lengua y síndrome de Diógenes

El otro día leí este artículo de opinión en El País. Plantea un debate muy interesante, desde un punto de opinión con el que estoy en profundo desacuerdo, y cuyos argumentos quiero comentar y contestar.

En el texto nos encontramos fragmentos como los siguientes:

“…el inglés en el que se expresa el 90% de la población mundial que lo habla es un idioma de aeropuerto, que sirve para averiguar dónde está el retrete y poco más.”

“…cuando Dios confundió las lenguas de los habitantes de Babel, obligándolos a organizarse en grupos lingüísticos que tomaron diferentes direcciones, comenzó, desde mi punto de vista, la cultura. En otras palabras, la cultura se inaugura al mismo tiempo que la diferencia.”

“…el inglés, que la mayoría de las personas habla de un modo aproximado, y no para preguntarse precisamente quiénes son, adónde van o de dónde vienen, que es para lo que lo utilizaba Shakespeare, sino para averiguar dónde está el cuarto de baño. Hay gente que se las arregla con un vocabulario de 70 u 80 palabras, lo que para el pensamiento es tan peligroso como para la biología que nos manejáramos con un esperma que no contuviera más de 70 u 80 espermatozoides.”

“Da lugar a ese fenómeno que llamamos pensamiento único. La globalización, entendida como homogeneización, es la muerte.”

El texto plantea dos ideas principales: la primera (citas primera y tercera) me parece inofensiva y fácil de tratar por lo ridícula y superficial que resulta, y es la que comentaré primero. La segunda idea (citas segunda y cuarta), sin embargo, es más difícil de tratar por su complejidad y profundidad y, sobre todo, por los sentimientos irracionales que suele despertar en nosotros. En ella es donde creo que hay un debate importante, necesario e interesante.

Empezamos por la primera: el autor expresa su preocupación ante la idea de que, en un hipotético futuro en el que poco a poco el inglés se imponga como lengua predominante a costa de la desaparición paulatina del resto de lenguas, acabemos todos hablando un inglés macarrónico que nos convierta en seres simplones incapaces de concebir ideas y pensamientos de más altura que aquellos necesarios para preguntar dónde está el cuarto de baño, cuánto cuesta el perrito caliente o vente a mi casa, que estoy solo. Es obvio que si en la actualidad el 90% de la población que habla inglés no es capaz de desarrollar con él líneas y discursos de razonamiento filosóficos existenciales con el nivel léxico necesario, o no encuentran el adjetivo correcto para describir la sensación que les transmite un cuadro cubista (harmonious, por ejemplo), es muy probable que se deba a que ese 90% no es angloparlante sino que tiene otra lengua como lengua materna, con la que sí es capaz de expresarse y describir conceptos y sentimientos complejos, siempre hasta donde su nivel cultural –en el que influyen factores que nada tienen que ver con el idioma materno– le permite. Así, el inglés es idioma de aeropuerto únicamente para aquel que lo necesita y usa solo en el aeropuerto, no cuando prevalece como primer idioma, ya que un tipo nacido en Inglaterra no habla un inglés de aeropuerto y de la misma forma no tiene sentido pensar que, de imponerse el inglés o cualquier otro idioma como lengua global, y en el caso extremo –que es el que el autor plantea– de que lo hiciera como lengua primera e incluso única de los ciudadanos del mundo, imponiéndose y eliminando al resto de lenguas, los ciudadanos del mundo fuéramos a hablar un inglés de aeropuerto. Y de nacer niños, pongamos en España, que en vez de español tuvieran el inglés como primera lengua o lengua materna, y lo emplearan en su vida de igual forma que nosotros empleamos el español en la nuestra, su inglés no sería –como el autor describe desacertadamente en el artículo– un inglés “para averiguar dónde está el retrete” o pedir un “cup de café con leche”, sino un inglés nativo, que les proporcionaría las mismas herramientas y posibilidades para expresarse lingüística y artísticamente que el inglés que pueda hablar un tipo nacido en Manchester o Boston. Pienso que sobre esto no debería haber ninguna duda.

A continuación nos debemos plantear la pregunta que nos introducirá en la segunda parte: ¿tienen un americano, un alemán, un chino, un mexicano o un francés, por el único hecho de hablar sus respectivos idiomas, capacidades diferentes de expresión lingüística o artística, o de generar y transmitir todo tipo de productos intelectuales? Mi respuesta a dicha pregunta es que no. Cualquier mensaje o idea que pueda ser verbalizada en un idioma, puede ser a su vez verbalizada y comunicada de forma precisa en otro, y no veo razón alguna para pensar lo contrario. Cervantes escribió El Quijote en español –porque él era español– y todo el contenido intelectual de El Quijote ha sido traducido, leído y comprendido por personas no hispanohablantes. El español tiene matices propios, como cada lenguaje, y El Quijote los lleva consigo en la forma de ser escrito, pero ello no ha impedido transmitir sus ideas esenciales al resto del mundo. Y lo más importante: El Quijote no tenía que ser escrito en español. Si Cervantes, en vez de español, hubiera hablado inglés o portugués, lo habría podido escribir exactamente igual, y la obra habría sido la misma, idéntica. Tal vez, si acaso, otros habrían entendido ciertos matices mejor que nosotros, pero la obra, el mensaje que se transmite, no tendría por qué sufrir merma alguna. La única limitación para la comunicación no es el lenguaje en el que la obra sea escrita, sino que haya lectores que la necesiten traducida. Y de idéntica forma habría escrito Nietzsche Así Habló Zaratustra si hubiera hablado árabe, aun no pudiendo hacer sus juegos de palabras en alemán. O Giacomo Puccini Nessun Dorma.

¿Realmente hay motivos para afirmar que la diversidad de lenguas es algo bueno en sí mismo? ¿Qué cultura se perdería si todos nos comunicáramos en un mismo idioma? Ninguna. Al contrario: serían muchísimas las ventajas vivir en un mundo donde todos pudiéramos apreciar mejor todos los matices, todos los mensajes e ideas en su riqueza, sin problemas de traducción. La lengua no tiene ningún valor en sí misma, solo tiene valor lo que se transmite con ella. Las lenguas actuales solo tienen valor en tanto que son habladas por nosotros, y por puro instinto de supervivencia, les solemos dar un valor sentimental y rechazamos la idea de que otra lengua predominante se imponga en detrimento de la nuestra. Porque nuestra lengua materna, por ser tal para nosotros, cada uno en particular, es insustituible por otra. Sin embargo, no por ellos debemos dejar de plantear que, probablemente, un mundo futuro donde todas las personas hablaran una misma lengua, incluso si ello supusiera la desaparición de otras lenguas, sería un mundo mejor para los que en él nacieran. Y no tiene sentido darle un valor superior y absoluto a nuestra lengua, más allá de lo racional, de lo estético, del carácter puramente práctico que tiene para nosotros y de lo ligados que estamos a ella por hechos circunstanciales. Porque como hemos dicho, podríamos vivir, pensar, decir y sentir las mismas cosas, habláramos español o inglés. Seríamos las mismas personas, y pensaríamos lo mismo y de igual forma a como pensamos ahora. Y lo mismo ocurriría con los que nos rodean.

Me parece este es un debate interesante e importante por dos razones: en primer lugar, porque nos puede alejar de ideas irracionales, erróneas y, en ocasiones, peligrosas. Es falso y ridículo decir, como el autor del artículo, que en la diversificación de lenguas se produce a su vez la diversificación de pensamiento. Es asociar el idioma en el que hablas a la forma en la que piensas; afirmar que yo tengo más en común, como individuo y en mi sistema de valores y esencia, con un tipo que vive en Paraguay, por la simple razón de que ambos hablamos español, y menos en común con otra persona que vive en Argelia o Noruega. ¿Acaso por hablar con alguien que comparte tu idioma materno, pasáis a compartir también determinados esquemas mentales, tenéis mismas opiniones? ¿Hay más gente parecida a mí en México que en Alemania? El destrozar el individualismo y hacer denominador común entre las personas de esa forma no es cultura, ni es progreso. Somos lo que pensamos, lo que sentimos, escribimos, pintamos, creamos y hablamos. No somos nuestro barrio, nuestro país o nuestro idioma. Somos nuestro sistema de valores, nuestros objetivos vitales y nuestro entorno solo en la medida en la que nuestro entorno nos ha influenciado en todo lo anterior citado. Ni más, ni menos. Por tanto, basta de decir que soy filósofo y serio porque soy alemán, o romántico porque soy francés, o valiente porque soy inglés, o civilizado porque soy sueco o apasionado porque hablo español. Nada de eso nos define. No somos nuestro vecino.

En segundo lugar, este debate, además de evitar estos peligros, puede facilitar que avancemos hacia delante. Si damos a nuestro idioma el valor que le corresponde y de forma altruista admitimos que un eventual futuro sin barreras lingüísticas podría ser mejor para nuestros hijos, aunque no para nosotros, estaremos más cerca de poder ofrecerles dicho futuro, al cual no esperamos asistir. La barrera para ello es grande, pero no proviene de las lenguas ni de ninguna limitación logística más allá –que no es poco– de la irracionalidad de los mundiales parlantes. No espero llegar a ver a la población global elegir y aceptar un plan común para universalizar de forma progresiva un mismo idioma, pongamos el inglés, que haga peligrar el predominio del resto de lenguas durante las posteriores generaciones. Sin embargo, no por ello quiero dejar de decir que tal cosa podría ser el mejor camino a seguir, y plantearlo aquí así. Estaría bien empezar cuanto antes.

Lengua y síndrome de Diógenes

Lecturas de domingo

  • Cuando los dobladores son los protagonistas: artículo en la Esquire sobre el corto “Para Sonia” de Sergio Milán, que concursa en el JAMESONNOTODOFILMFEST y que me ha parecido una maravilla.

  • Elon Musk: The World’s Raddest Man: Elon Musk ha invitado a Tim Urban a ver sus fábricas de Tesla y SpaceX para que transmita más interés a la población sobre las nuevas necesidades globales que intenta resolver, y Tim Urban nos lo cuenta.

  • “Para tener éxito hay que ser un monstruo, un inadaptado y estar loco”: dicho por la ex mujer de Elon Musk. También hay que tener en cuenta el reverso de la moneda. Un artículo interesante y corto de El Economista.

  • Future Of Work: Mindfulness As A Leadership Practice: un artículo muy interesante de Jeanne Meister para Forbes sobre los beneficios de la práctica del Mindfulness y cómo se está viendo corroborado con varias empresas importantes de distintos tipos y filosofía –desde Google a Goldman Sachs– promoviendo dicha actividad entre sus empleados. El Mindfulness es un ejercicio mental que yo también he comenzado a practicar estas últimas semanas a través de Headspace, que ofrece 10 días de prueba más posterior suscripción y que me está gustando bastante (ya voy por la tercera tirada de 10). Aparte de la sensación placentera de relajación que obtienes tras cada sesión, supone un entrenamiento de la mente muy sano y efectivo para ser capaces de mantener mejor la atención, tanto en nuestras actividades diarias y nuestro entorno como conectando con nosotros mismos, es decir, ser más realistas y conscientes de nuestras sensaciones físicas y mentales, lo cual nos da una mayor claridad y solidez, y una capacidad de calibración mayor. Ser capaces de mantener la vista fija en la realidad propia y aceptarla. Sin duda es un asunto curioso sobre el que se puede comentar bastante.

  • La envidia y el síndrome de Solomon: de Borja Vilaseca para El País en mayo de 2013, sobre un experimento que demuestra una realidad muy cruda sobre nuestra psicología social y la bestial influencia que sobre nosotros pueden tener los demás. Un gran trabajo.

  • How (And Why) To Travel Alone: me ha gustado mucho este post de un americano llamado Alex Schiff en Medium sobre su experiencia de reset viajando por Europa solo. Me parece perjudicial, en línea con el artículo anterior sobre las presiones sociales, el estigma que a veces transmitimos en diferentes culturas sobre el hecho de realizar actividades solo, y ser capaz de disfrutar y aprovechar las ventajas que tiene la soledad, especialmente en determinados momentos. El realizar actividades con gente o solo es algo que, como todo, tiene puntos positivos y puntos negativos respectivos y depende de diversas circunstancias personales, pero por otra parte siempre se debe ser consciente de que hay que buscar cierto equilibrio entre ambas, y de que algunas veces será mejor una, y otras veces otra. No es una obligación llamar a alguien para que te acompañe, tiene que haber variedad. Hay que ser realistas y y honestos con nosotros mismos –y no con lo que vayan a pensar los demás– para saber decir cuándo necesitamos estar solos con nosotros mismos, y cuándo no, sin tener que sentirnos por ello unos marginales desarraigados. Lo que cuenta este americano sobre lo feliz que fue viajando solo es una prueba de ello, y estoy seguro de que para él fue una experiencia tremendamente enriquecedora que le hizo más sabio, no solo por la cantidad de experiencias nuevas que vivió en Europa, sino por el saber disfrutar y aprender observándose a uno mismo mientras tanto. A la mayoría de nosotros nos vendría muy bien algo similar.

  • Ronaldinho, rey breve: artículo de Carlos Zúmer para la Jot Down sobre la ascensión meteórica y posterior declive de Ronaldinho. Aparte del aspecto sentimental y estético que supone recordar las maravillas que consiguió hacer, también es una historia interesante no solo de talento, sino también de la motivación para explotar ese talento, qué causas son las que nos pueden empujar a dar lo mejor de nosotros mismos, y los peligros que el éxito trae cuando tocamos techo y no nos hemos planteado nuevos límites a los que progresar y por los que pelear. Es un claro ejemplo de cómo la felicidad no viene dada por conseguir un logro puntual, que nos da una satisfacción instantánea tras la cual puede no quedar más que vacío, sino por un progreso y un camino de muchos incrementos pequeños, de una lucha contra uno mismo que de por sí ya constituye nuestro objetivo. No trabajar por metas discretas que tras superarse se pierden, sino por pautas convertidas en virtud.

  • No te culpabilizo por lo que haces, hija mía. La culpa es del demonio: la opinión de Tsevan Rabtan es sin duda de las que más respeto en casi cualquiera de los temas que suele tratar en su blog, en Jot Down donde colabora, y antes en Twitter. Supone muchas veces una gran cura ante la irracionalidad y el engaño al que muchas veces nos incitan las masas y los medios. Cuando individuos recalentados intentan vestir de racionalidad y vendernos como algo moral e intelectualmente superior aquello que no responde sino a meras pulsiones irracionales, Tsevan Rabtan pone de manifiesto con brutal lógica y brillantez las contradicciones que todo pensamiento irracional y erróneo trae consigo. Y es realmente ilustrativo, porque muchos de los temas que a veces nos incitan a tratar de forma banal e intuitiva –usando el sentido común, como quien dice– resultan ser más complejos y menos intuitivos de lo que al inicio pensamos, y requieren un poco más de disección y profundidad. Esta es una de sus grandes luchas personales, y es gracias a ella y a sus esfuerzos por lo que aprendo tanto con muchos de estos artículos que me incitan a pensar y a revisar mis razonamientos, y que recomiendo como lectura obligatoria.

  • ¿Necesitamos más científicos?: artículo de Cristina F. Pereda para El País sobre la cuestión de promover más o menos los estudios de Humanidades en el sistema educativo, frente a las más pragmáticas disciplinas de Ciencias. En mi opinión, un sistema educativo responsable no debe buscar solo la inserción laboral rápida y fija de los individuos, y medir la conveniencia de una carrera u otra en función de las perspectivas profesionales que ofrezca. Eso me parece una actitud demasiado simple y cortoplacista, que deja de lado otras cuestiones de largo plazo y de conjunto, como qué tipo de personas y personalidades estamos fomentando, si tienen pensamiento crítico y si son capaces de razonar por si mismos y de forma consecuente con unos determinados valores fundamentales. La verdad, me dan un poco de miedo estos dirigentes que solo buscan bajadas en las cifras del paro en el tiempo que dure su mandato, incrementando la mano de obra en industrias tecnológicas de rápida expansión y absorción, y creando sociedades con ejércitos de ingenieros que se meten en esta carrera tecnológica, sin unos criterios fundamentales y una sociedad con capacidad de reflexión que antes sepa debatir y responder a los diferentes dilemas morales que el desarrollo trae consigo. Aparte de esto, y tal y como defienden los educadores que luchan por un mejor sistema educativo, no dudo de los beneficios que las Artes y Humanidades pueden aportar al individuo –ingeniero o no– en la base de su aprendizaje, tanto para una eventual labor de técnico, como para el resto de aspectos de su vida.
Lecturas de domingo

Lecturas de martes: lo que ocurre más allá

  • Baltimore: Roger Senserrich comenta en Politikon los graves disturbios que comenzaron ayer en Baltimore en protesta por la brutalidad policial, con la muerte del afroamericano Freddie Gray por rotura de columna vertebral como gota que ha colmado el vaso, después de una detención cuyas razones son aún confusas.

  • China’s and India’s charity in Nepal has a hidden political agenda: artículo de Manu Balachandran y Heather Timmons en Quartz sobre los intereses de China e India en expandir su área de influencia en Nepal, aprovechando las necesidades del país tras la catástrofe del terremoto para hacer alarde de poderío humanitario y participar en la reconstrucción de un territorio cuya localización les resulta a ambos clave. Otro artículo en El Mundo publicado hoy trata el mismo asunto.

  • ISIS: Testimonios del horror: un reportaje de Nacho Carretero de finales de marzo en el que ilustra de forma breve y clara las claves para entender el origen del Estado Islámico, junto con testimonios de varios refugiados. Cuánto aprendo siempre que leo a este tipo, es un periodista colosal.

  • Somos un proyecto abierto: Revista5W se presenta y responde en Medium a las preguntas más importantes sobre en qué consistirá dicho proyecto. Me ha parecido interesante, me gusta que salgan iniciativas de este tipo que enriquezcan el periodismo y espero que les vaya muy bien.

  • Spykman’s World, por Francis P. Sempa: un análisis publicado en American Diplomacy sobre la obra y reflexiones de Nicholas Spykman (1893-1943), considerado uno de los padres de la geopolítica en los Estados Unidos, que ya en la primera mitad del siglo XX supo dilucidar cuál sería el mapa geopolítico y los centros de gravedad de poder en el mundo posterior a las dos guerras mundiales, inclusive el actual, y los elementos clave que rigen las luchas entre las grandes potencias en su particular partida de ajedrez. Una lectura que me habían recomendado como introducción al tema de la geopolítica y que me ha parecido a la vez muy intuitiva e interesante, un conocimiento de altura que puede ayudar a comprender cómo funciona el mundo e ilustrarnos bastante.

  • John Oliver sobre moda: para terminar, The Best And Brightest nos enlaza el último vídeo de John Oliver, en el que explica y critica con su habitual estilazo e ironía toda la basura que se esconde bajo la alfombra de la gigantesca industria textil. Una joya.
Lecturas de martes: lo que ocurre más allá

Lecturas de domingo

Lecturas de domingo

Odín Dupeyrón, millenials y buenrrollismo Coca-Cola

Hoy me he encontrado este fragmento de una entrevista a Odín Dupeyrón, tipo al que no conocía, en un late show mexicano. Me ha gustado mucho porque, con una gran habilidad de discurso, relata de forma acertada un problema que en la actualidad nos encontramos con frecuencia, y es la descripción descompensada que se le da a la gente de qué es la felicidad y por tanto –dado que todos por lo general queremos ser felices– cómo deben ser sus vidas para poder considerarse felices.

La felicidad es algo muy complejo de describir. Es difícil para uno mismo describir qué es la felicidad propia, y es aún más ambicioso pretender describir la felicidad ajena, o incluso la de grandes grupos de personas. Depende de las individualidades de cada uno, de su personalidad, de su cultura y de sus experiencias, y variará la definición que le demos a lo largo del tiempo, si es que alguna vez conseguimos definirla del todo. Ni nosotros somos psicológicamente estáticos, ni el mundo que nos rodea deja de girar, y lo mismo pasará con nuestras emociones.

En los últimos años hemos vivido unos cambios culturales y generacionales interesantes, y un viraje en el discurso sobre cómo debemos afrontar la vida, así como nuestras experiencias vitales, profesionales y personales. Antes, se nos daba un guión y nuestra misión era cumplir con dicho deber: cursar nuestros estudios, conseguir un puesto estable, ganar dinero, casarnos, comprarnos una casa y formar una familia. Por ejemplo. Lo importante no es estar de acuerdo en qué hacíamos o si lo cumplíamos o no, sino el hecho de que estaba meridianamente claro cómo debía ser. Todo esto favorecido por diferentes factores externos que invitaban a un comportamiento más estático que el actual, como una mayor estabilidad económica o una menor capacidad de movimiento geográfico de las personas y también de la información, previa a la globalización y el acceso masivo a internet. Esto tenía partes negativas y también partes positivas, dependiendo en gran medida de qué papel te tocara vivir y de tus circunstancias personales, como con todo.

Sin embargo, ahora el mundo avanza mucho más rápido, siguiendo un desarrollo exponencial, y nos enfrentamos a nuevos retos cada vez con más frecuencia y complejidad, lo cual nos lleva a la necesidad de adoptar un comportamiento mucho más flexible y a un cambio profundo de mentalidad.

La primera y más importante de las partes de este cambio ha sido darnos cuenta de que, al ritmo al que avanzan las cosas, muchas de las lecciones que habían valido hasta muy recientemente ya no nos sirven, y el guión que a nuestros padres y abuelos daba resultados aceptables se ha quedado anticuado. Un ejemplo que nos sirve para ilustrar dicho fenómeno es el de la educación en las escuelas y siguiendo con las carreras profesionales, cuando descubrimos que no tiene sentido basar nuestra formación en que instituciones terceras nos enseñen A, B y C, si para cuando terminemos de aprender C y salgamos del proceso de formación descubriremos que debemos aprender solos D, E y F, o que se han descubierto G, H e I. Básicamente, la capacidad de aprender y adaptarse a contenidos y problemas nuevos, se convierte en algo más importante y valioso en sí mismo que los propios contenidos, y es a lo que los sistemas de enseñanza urge hacer frente más que nunca: que los alumnos, más que aprender A, B y C, aprendan a aprender D, E, F y lo que venga. Dar prioridad al continente sobre el contenido. Y dado que nosotros no podemos saber qué es lo que el individuo necesitará saber en el futuro, proveerle de herramientas para que pueda descubrirlo por sí mismo y se adapte de forma individual. Y en esto se resume la primera parte del cambio, que comienza en la educación y que se extiende al resto de ámbitos: ante un futuro incierto, llamar al individuo a que desarrolle su autonomía y libertad, que tome decisiones y defina un camino propio, único y especial en su singularidad, animado ante la perspectiva de un futuro brillante de infinitas posibilidades y opciones de felicidad, sobre el que (se le dice) él es el único responsable.

La segunda parte de este cambio es que, aparte de surgir como necesario, viene propiciado por un cambio de factores externos que antes comentamos, como la generación, distribución y democratización masiva de la información, los nuevos modelos de negocios basados en dicha información, nuevas infraestructuras que favorecen la movilidad de personas y en definitiva una mayor libertad para viajar, informarnos, comunicarnos, conectar con los demás, ofertar, buscar, comprar y trabajar o emprender por nuestra cuenta y riesgo.

Este cambio en la mentalidad y los nuevos escenarios que con él vienen nos proporcionan un mayor número de posibilidades que se abren ante nosotros y que solo nosotros podemos escoger. Esto, por una parte, hace de la vida algo más excitante y prometedor, y nos debería impulsar a desarrollar esta nueva libertad para crecer como individuos libres y aspirar, no a seguir un guión marcado por terceros –ya que ya no valen dichos guiones– sino a crear un guión propio, nuestra propia estrategia, que será así diferente y diversa entre unos y otros, pero que casi siempre coincidirá en una meta última, que es la de ser lo más felices posibles. Nosotros, como individuos, buscando y llegando a nuestra misión vital personal. Se le dice a las personas que no tienen que vivir siguiendo un camino marcado y respondiendo ante los demás, sino que tienen la capacidad y la responsabilidad de buscar y crear el suyo propio, dependiendo así exclusivamente de sí mismos para lograr la única meta que sigue poniendo a todos de acuerdo, que es la de ser –y saberse– felices.

Y a partir de aquí aparece la otra cara de la moneda, que es que si tenemos la libertad para elegir aquello que queremos vivir –o así lo creemos– nos sentiremos responsables de los resultados que obtengamos y nos preguntaremos si la decisión que hemos tomado es la correcta que nos hace más feliz o si por el contrario hemos dejado escapar una oportunidad mejor. La soledad del líder ante un presente complejo y un futuro difuso.

Creo que todos estamos de acuerdo en que un futuro con ciudadanos más maduros, libres, responsables y con incentivos y posibilidades accesibles para desarrollarse, es una perspectiva muy positiva, y una evolución natural hacia lo mejor. Sin embargo, no deja de plantear ciertos retos y desequilibrios que todo movimiento provoca por inercia y que hay que detectar y compensar.

Nos encontramos, por ejemplo, con lo que cuenta Odín Dupeyron en el vídeo arriba expuesto, y que también trata de forma magistral, poniéndole nombre y apellidos al tema, Alejandro García –que tampoco conocía– en el artículo que ha publicado hoy en la Jot Down titulado Psicología positiva: y sonreirás sobre todas las cosas. Resumiendo, ambos destacan el peligro y las consecuencias de decirle a la gente que es responsable absoluta de conseguir o no ser feliz, dándoles al mismo tiempo una visión errónea y sesgada de qué significa ser feliz, que lleva a contradicciones, confusiones y frustración. Ante la ausencia de una autoridad social y cultural que nos dé un guión común sobre qué tenemos que hacer en nuestra vida, y la carga adicional de responsabilidad y libertad sobre el individuo, surgen nuevas corrientes y voces independientes, como esta de la psicología positiva. Y vemos que no es la primera vez que ocurre esto, y que ya en el siglo XIV surgió otro movimiento como el Humanismo, ligado al Renacimiento y al paso del mundo medieval al mundo moderno, que también tuvo su origen en la ruptura de viejos moldes y la reivindicación del individuo, y que Alejandro García menciona en su artículo por haber adolecido de defectos similares al que ahora tiene la psicología positiva.

En mi opinión, los aspectos negativos de estos movimientos como la psicología positiva aparecen al combinarse dos fenómenos que se retroalimentan entre sí: el primero es el ruido; un flujo ingente de mensajes difíciles de filtrar, en los que muchas veces se peca de una excesiva simplicidad y generalización, buscando ofrecer soluciones a problemas complejos que se puedan aplicar al mayor público posible y que atraigan a dicho público con textos de rápida absorción y fáciles de entender, que más que inducirnos a la reflexión buscan producirnos satisfacción instantánea. Cuando la demanda responde positivamente ante esto, se agrava el problema y sucede lo que ahora tanto se critica, que es la “mercantilización” de la felicidad, con frases eslogan y filosofía de autoayuda barata que no hace sino distorsionar y ofrecer unas expectativas de felicidad sesgadas que no se corresponden con la realidad, y que combinadas con una llamada a la responsabilidad sobre el rumbo de uno mismo, pueden generar frustración. Como dice el artículo de Alejandro García:

“Mientras que por una parte se alimenta de un individualismo exacerbado que subraya nuestra propia responsabilidad, y de nadie más, en el éxito o fracaso vital […], por el otro estigmatiza uno de los resultados posibles de nuestras elecciones.”

“Cuando eres el único responsable de todo lo que te ocurra en la vida, pero hay una fuerte presión social que te empuja a tener que ser feliz sin interrupción y sin margen de error, la neurosis está servida.”

Una vez dicho esto, añado que dentro de la literatura sobre desarrollo personal, hay libros y autores de grandísimo valor y utilidad disponibles para inducirnos a la reflexión y señalarnos una senda de aprendizaje con lecciones magistrales y una sabiduría seria, rigurosa y genuina. Es una pena que, en ocasiones, se les confunda y mezcle con otros tantos autores que no merecen tal categoría.

El segundo fenómeno que se combina, es el de la falta de reflexión y autoconocimiento de las personas. A una mayor libertad y responsabilidad del individuo, debería seguir una mayor dedicación a buscar por sí mismo respuestas y a desarrollar su capacidad crítica, autonomía y sabiduría de forma rigurosa y constante; porque de ello dependen cosas importantes, y porque puede. Tenemos más medios que nunca para obtener contenidos de conocimiento, sin embargo, dichos contenidos también favorecen el mismo ruido que nos distrae e impide dedicar nuestro tiempo a cuestiones serias, textos largos y proyectos sólidos a largo plazo. Aquí entra en juego lo que Barry Schwartz llama “La paradoja de la elección”, en una charla TED soberbia que también animo al lector a aprovechar. Tenemos tantos estímulos y tantas opciones, y queremos sacar tanto partido de nuestro tiempo, que nos es difícil tomar una decisión sobre las diferentes disponibles, escoger una que requiera un compromiso serio a largo plazo y mantenernos en dicha elección sin obsesionarnos preguntándonos si habremos elegido lo correcto. El análisis nos lleva a la parálisis, tenemos demasiada prisa y muchas expectativas, y queremos obtener grandes resultados en poco tiempo y esfuerzo. En dicho contexto, no es extraño que acabemos buscando la satisfacción instantánea y mensajes masticados y elocuentes que nos inyecten respuestas categóricas en vena, y no preguntas de digestión pesada. Esta falta de base sólida sobre nuestras creencias será la que, cuando lleguen los golpes, nos hará darnos cuenta de que no se puede eliminar el sufrimiento de la vida, de que ciertas metas son irreales y de que tenemos que adaptarnos a como las cosas de verdad son. Que hay ciertas cuestiones demasiado complejas, como qué es la felicidad, cómo tenemos que enfrentarnos al mundo, o qué personas queremos ser, que tenemos que tratar de resolver nosotros mismos, con trabajo y muchas preguntas con respuestas difusas, desde nuestra propia complejidad y la del mundo que nos rodea. Que nadie, ni nosotros mismos, nos puede comprender por lo que haya leído en un libro.

Odín Dupeyrón, millenials y buenrrollismo Coca-Cola

Las raíces

Hoy he leído este artículo del New York Times titulado The Moral Bucket List, por David Brooks. Antes de continuar con el post, animo al lector a leerlo. Me ha gustado mucho porque describe muy bien y de forma original las características y lo que diferencia a las personas a las que yo llamo de Villarriba de las de Villabajo, y cómo la sabiduría que proporciona realizar una búsqueda de desarrollo personal es la que se traduce en estar contento con uno mismo y mantener una actitud serena, en primer lugar hacia uno mismo, y reflejado a su vez en los demás.

Y es esta inteligencia intrapersonal, este autoconocimiento, y no otra cosa, la que puede dar como resultado un liderazgo externo real, honesto y genuino. Siempre de dentro hacia fuera. Es lo que también Stephen Covey decía en su libro Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, cuando describía el éxito como una suerte de círculos concéntricos, que empezaban en el centro desde uno mismo y el paso de la dependencia a la independencia –los primeros hábitos– que constituía el éxito personal, y una vez que lográramos ese éxito y conquista nosotros mismos, podríamos lograr ese éxito social –interdependencia y sinergia– del que tanto nos hablan hoy en día. Y tener empatía, y no ser envidiosos, y transmitir seguridad en nosotros mismos, y transmitir paz a los que nos rodean. Salir de la niebla de la que nos habla Tim Urban. En definitiva, ser líderes, anteponernos a las circunstancias, ser los dueños de nosotros mismos y de nuestro entorno.

“External success is achieved through competition with others. But character is built during the confrontation with your own weakness.”

Las raíces