Lengua y síndrome de Diógenes

El otro día leí este artículo de opinión en El País. Plantea un debate muy interesante, desde un punto de opinión con el que estoy en profundo desacuerdo, y cuyos argumentos quiero comentar y contestar.

En el texto nos encontramos fragmentos como los siguientes:

“…el inglés en el que se expresa el 90% de la población mundial que lo habla es un idioma de aeropuerto, que sirve para averiguar dónde está el retrete y poco más.”

“…cuando Dios confundió las lenguas de los habitantes de Babel, obligándolos a organizarse en grupos lingüísticos que tomaron diferentes direcciones, comenzó, desde mi punto de vista, la cultura. En otras palabras, la cultura se inaugura al mismo tiempo que la diferencia.”

“…el inglés, que la mayoría de las personas habla de un modo aproximado, y no para preguntarse precisamente quiénes son, adónde van o de dónde vienen, que es para lo que lo utilizaba Shakespeare, sino para averiguar dónde está el cuarto de baño. Hay gente que se las arregla con un vocabulario de 70 u 80 palabras, lo que para el pensamiento es tan peligroso como para la biología que nos manejáramos con un esperma que no contuviera más de 70 u 80 espermatozoides.”

“Da lugar a ese fenómeno que llamamos pensamiento único. La globalización, entendida como homogeneización, es la muerte.”

El texto plantea dos ideas principales: la primera (citas primera y tercera) me parece inofensiva y fácil de tratar por lo ridícula y superficial que resulta, y es la que comentaré primero. La segunda idea (citas segunda y cuarta), sin embargo, es más difícil de tratar por su complejidad y profundidad y, sobre todo, por los sentimientos irracionales que suele despertar en nosotros. En ella es donde creo que hay un debate importante, necesario e interesante.

Empezamos por la primera: el autor expresa su preocupación ante la idea de que, en un hipotético futuro en el que poco a poco el inglés se imponga como lengua predominante a costa de la desaparición paulatina del resto de lenguas, acabemos todos hablando un inglés macarrónico que nos convierta en seres simplones incapaces de concebir ideas y pensamientos de más altura que aquellos necesarios para preguntar dónde está el cuarto de baño, cuánto cuesta el perrito caliente o vente a mi casa, que estoy solo. Es obvio que si en la actualidad el 90% de la población que habla inglés no es capaz de desarrollar con él líneas y discursos de razonamiento filosóficos existenciales con el nivel léxico necesario, o no encuentran el adjetivo correcto para describir la sensación que les transmite un cuadro cubista (harmonious, por ejemplo), es muy probable que se deba a que ese 90% no es angloparlante sino que tiene otra lengua como lengua materna, con la que sí es capaz de expresarse y describir conceptos y sentimientos complejos, siempre hasta donde su nivel cultural –en el que influyen factores que nada tienen que ver con el idioma materno– le permite. Así, el inglés es idioma de aeropuerto únicamente para aquel que lo necesita y usa solo en el aeropuerto, no cuando prevalece como primer idioma, ya que un tipo nacido en Inglaterra no habla un inglés de aeropuerto y de la misma forma no tiene sentido pensar que, de imponerse el inglés o cualquier otro idioma como lengua global, y en el caso extremo –que es el que el autor plantea– de que lo hiciera como lengua primera e incluso única de los ciudadanos del mundo, imponiéndose y eliminando al resto de lenguas, los ciudadanos del mundo fuéramos a hablar un inglés de aeropuerto. Y de nacer niños, pongamos en España, que en vez de español tuvieran el inglés como primera lengua o lengua materna, y lo emplearan en su vida de igual forma que nosotros empleamos el español en la nuestra, su inglés no sería –como el autor describe desacertadamente en el artículo– un inglés “para averiguar dónde está el retrete” o pedir un “cup de café con leche”, sino un inglés nativo, que les proporcionaría las mismas herramientas y posibilidades para expresarse lingüística y artísticamente que el inglés que pueda hablar un tipo nacido en Manchester o Boston. Pienso que sobre esto no debería haber ninguna duda.

A continuación nos debemos plantear la pregunta que nos introducirá en la segunda parte: ¿tienen un americano, un alemán, un chino, un mexicano o un francés, por el único hecho de hablar sus respectivos idiomas, capacidades diferentes de expresión lingüística o artística, o de generar y transmitir todo tipo de productos intelectuales? Mi respuesta a dicha pregunta es que no. Cualquier mensaje o idea que pueda ser verbalizada en un idioma, puede ser a su vez verbalizada y comunicada de forma precisa en otro, y no veo razón alguna para pensar lo contrario. Cervantes escribió El Quijote en español –porque él era español– y todo el contenido intelectual de El Quijote ha sido traducido, leído y comprendido por personas no hispanohablantes. El español tiene matices propios, como cada lenguaje, y El Quijote los lleva consigo en la forma de ser escrito, pero ello no ha impedido transmitir sus ideas esenciales al resto del mundo. Y lo más importante: El Quijote no tenía que ser escrito en español. Si Cervantes, en vez de español, hubiera hablado inglés o portugués, lo habría podido escribir exactamente igual, y la obra habría sido la misma, idéntica. Tal vez, si acaso, otros habrían entendido ciertos matices mejor que nosotros, pero la obra, el mensaje que se transmite, no tendría por qué sufrir merma alguna. La única limitación para la comunicación no es el lenguaje en el que la obra sea escrita, sino que haya lectores que la necesiten traducida. Y de idéntica forma habría escrito Nietzsche Así Habló Zaratustra si hubiera hablado árabe, aun no pudiendo hacer sus juegos de palabras en alemán. O Giacomo Puccini Nessun Dorma.

¿Realmente hay motivos para afirmar que la diversidad de lenguas es algo bueno en sí mismo? ¿Qué cultura se perdería si todos nos comunicáramos en un mismo idioma? Ninguna. Al contrario: serían muchísimas las ventajas vivir en un mundo donde todos pudiéramos apreciar mejor todos los matices, todos los mensajes e ideas en su riqueza, sin problemas de traducción. La lengua no tiene ningún valor en sí misma, solo tiene valor lo que se transmite con ella. Las lenguas actuales solo tienen valor en tanto que son habladas por nosotros, y por puro instinto de supervivencia, les solemos dar un valor sentimental y rechazamos la idea de que otra lengua predominante se imponga en detrimento de la nuestra. Porque nuestra lengua materna, por ser tal para nosotros, cada uno en particular, es insustituible por otra. Sin embargo, no por ellos debemos dejar de plantear que, probablemente, un mundo futuro donde todas las personas hablaran una misma lengua, incluso si ello supusiera la desaparición de otras lenguas, sería un mundo mejor para los que en él nacieran. Y no tiene sentido darle un valor superior y absoluto a nuestra lengua, más allá de lo racional, de lo estético, del carácter puramente práctico que tiene para nosotros y de lo ligados que estamos a ella por hechos circunstanciales. Porque como hemos dicho, podríamos vivir, pensar, decir y sentir las mismas cosas, habláramos español o inglés. Seríamos las mismas personas, y pensaríamos lo mismo y de igual forma a como pensamos ahora. Y lo mismo ocurriría con los que nos rodean.

Me parece este es un debate interesante e importante por dos razones: en primer lugar, porque nos puede alejar de ideas irracionales, erróneas y, en ocasiones, peligrosas. Es falso y ridículo decir, como el autor del artículo, que en la diversificación de lenguas se produce a su vez la diversificación de pensamiento. Es asociar el idioma en el que hablas a la forma en la que piensas; afirmar que yo tengo más en común, como individuo y en mi sistema de valores y esencia, con un tipo que vive en Paraguay, por la simple razón de que ambos hablamos español, y menos en común con otra persona que vive en Argelia o Noruega. ¿Acaso por hablar con alguien que comparte tu idioma materno, pasáis a compartir también determinados esquemas mentales, tenéis mismas opiniones? ¿Hay más gente parecida a mí en México que en Alemania? El destrozar el individualismo y hacer denominador común entre las personas de esa forma no es cultura, ni es progreso. Somos lo que pensamos, lo que sentimos, escribimos, pintamos, creamos y hablamos. No somos nuestro barrio, nuestro país o nuestro idioma. Somos nuestro sistema de valores, nuestros objetivos vitales y nuestro entorno solo en la medida en la que nuestro entorno nos ha influenciado en todo lo anterior citado. Ni más, ni menos. Por tanto, basta de decir que soy filósofo y serio porque soy alemán, o romántico porque soy francés, o valiente porque soy inglés, o civilizado porque soy sueco o apasionado porque hablo español. Nada de eso nos define. No somos nuestro vecino.

En segundo lugar, este debate, además de evitar estos peligros, puede facilitar que avancemos hacia delante. Si damos a nuestro idioma el valor que le corresponde y de forma altruista admitimos que un eventual futuro sin barreras lingüísticas podría ser mejor para nuestros hijos, aunque no para nosotros, estaremos más cerca de poder ofrecerles dicho futuro, al cual no esperamos asistir. La barrera para ello es grande, pero no proviene de las lenguas ni de ninguna limitación logística más allá –que no es poco– de la irracionalidad de los mundiales parlantes. No espero llegar a ver a la población global elegir y aceptar un plan común para universalizar de forma progresiva un mismo idioma, pongamos el inglés, que haga peligrar el predominio del resto de lenguas durante las posteriores generaciones. Sin embargo, no por ello quiero dejar de decir que tal cosa podría ser el mejor camino a seguir, y plantearlo aquí así. Estaría bien empezar cuanto antes.

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Lengua y síndrome de Diógenes

Un comentario en “Lengua y síndrome de Diógenes

  1. itispacs dijo:

    Esta muy bien pensado Jaime, yo diría dos cosas: por un lado, que un hombre hable un inglés simple no implica simpleza per se, pueden existir en él reflexiones mucho más profundas en su lengua materna y si, finalmente, el inglés simple es su única forma de comunicarse, implica que su simpleza como individuo existe antes de su simpleza lingüística y no al revés.; por otro lado, las culturas nacen junto a las diferencias lingüisticas pero no son condición necesaría, el pueblo catalán tiene una cultura distinta a la del pueblo vasco, que a su vez es distinta a la del pueblo gallego, andaluz, etcétera. Ello no implica que no tengamos todos más en común entre nosotros que con, por ejemplo, Inglaterra, con quien a su vez tenemos más en comun que con, yo que sé, la cultura del aborigen australiano. Es difícil establecer los límites de lo que definen a una cultura, pero igual de difícil es aceptar que la globalización nos va a homogeneizar y, en particular, que el inglés como lengua vehicular será el causante.

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