Ilustres ignorantes

Ayer leí el último post de Tim Urban en su blog Wait But Why, titulado “The Procrastination Matrix“, donde continúa desarrollando el tema de la procrastinación –probablemente una de las palabras más feas que existen– después de otras dos entradas también reflexionando sobre lo mismo. Esta vez, añade además su propia historia personal, de lucha contra la inconsistencia y la falta de autodisciplina patológica a lo largo de su vida y de las diferentes etapas y proyectos que ha llevado a cabo; y por otra parte enlaza a su vez todo esto con una búsqueda “inconsciente” de aquello que de verdad le apasiona. Llega a decir que, efectivamente, en todos sus proyectos del pasado –la universidad, la música, las tutorías a estudiantes– adoleció de una procrastinación que le incitaba a “escaquearse”, a interesarse por cualquier cosa menos por lo que debía hacer y abandonar al cabo de un tiempo aquello con lo que se había comprometido. Pero concluye –o eso he entendido– que esto no fue simplemente vagancia, falta de disciplina y búsqueda de placer inmediato, sino además un proceso natural y beneficioso que le ha llevado a desechar aquellas actividades que no le motivaban y llenaban de verdad, hasta llegar a donde está ahora, escribiendo en Wait But Why, que por X razones sí que le llena de verdad, y le supone menos esfuerzos para luchar consigo mismo, ya que su “Mente Pensante” y su “Mono de la Gratificación Instantánea” parecen haberse puesto de acuerdo para estimularle juntos y en resonancia a trabajar motivado y sin pausa en aquello que se ha comprometido hacer. Usa además la matriz de Eisenhower que usó Stephen Covey para explicar el tercer hábito de la gente altamente efectiva, titulado “Lo primero es lo primero”, lo cual me ha gustado, aunque no sé si Stephen Covey hubiera matizado algunas de las cosas que dice Tim Urban.

Más tarde empecé y leí el primer capítulo el libro “El camino de los sabios” de Walter Riso, un psicólogo especialista en terapia cognitiva entre otras cosas. Es un libro muy cortito –unas 150 páginas– donde el autor quiere recuperar algunas de las ideas de los grandes filósofos de la Antigüedad (en concreto, de Sócrates, Epicuro, Diógenes y Epicteto) y aplicarlas en la vida cotidiana moderna para que nos sirvan un poco de guía, y nos recuerden ciertas lecciones y valores sólidos que nos pueden ayudar para ser más sabios, dueños de nuestra vida y con recursos para resolver nuestros problemas. Las dos ideas más importantes que se recalcan con las que me he quedado tras el primer capítulo son dos: la primera, que debemos aspirar a saber más, a comprender nuestra realidad y a cultivar una inquietud y un diálogo constante con nosotros mismos que nos llevará al autoperfeccionamiento y a una mayor fortaleza para alcanzar la serenidad y la felicidad. Tratándose el libro de filósofos, que se dedican principalmente a eso, tampoco extraña. Y la segunda cualidad que exigen es la de la coherencia, la de ser consecuente con aquello que se predica, el de tener unos valores fijos y una línea de trayectoria fija de la que no se desvía. Y menciona casos de personas que a lo largo de la Historia lucharon y defendieron sus ideales y valores, aplicándolos rigurosamente en su vida y en sus actos, y convenciendo así de ellos a los demás a través de su ejemplo e integridad.

Y después de leer estos dos textos, pensaba sobre lo difícil que a veces resulta, por una parte, mantener una actitud de búsqueda de mejora constante, ser flexible para pivotar –como cuenta Urban– y experimentar con actividades y terrenos nuevos en los que aprender e incluso reinventarse; y, por otra parte, ser una persona coherente, constante y que sigue una trayectoria fija y bien definida, dando así un ejemplo y testimonio de vida a los demás. No sé si será un error de interpretación mío, o una ambigüedad del texto, pero me parece que no se deja claro una cosa muy importante, y es que para mantener esa coherencia con nuestros valores y ese ejemplo con nuestros actos, pasado cierto punto hace falta más que esforzarse por mantener un diálogo con uno mismo y una actitud de escucha y aprendizaje que nos haga ser más sabios. Es necesario, además, descubrir –por haberlo buscado más, o menos– cuál es nuestra verdadera motivación, qué es aquello que nos apasiona y qué propósitos e ideales son aquellos por los que estamos dispuestos a dedicar nuestra vida, dar testimonio con ella o incluso perderla. Mantener una actitud de búsqueda es muy importante para encontrar, y hay que decirle a la gente, en primer lugar, que deben aspirar a más, que aprendan, que reflexionen, que confíen en que dentro de ellos está la oportunidad y la voluntad para seguir mejorándose y ser más felices. Pero buscar no es encontrar, y podemos estar de acuerdo y firmemente convencidos de que queremos seguir dicha trayectoria de automejora, e incluso ser sólidos y coherentes en este aspecto, y dar, como decían, ejemplo a los demás. Pero en la vida no siempre basta con esto, y puede haber un escalón de esfuerzo entre medias que no debemos menospreciar. Tal vez a los filósofos que se menciona en el libro sí les bastaba, porque por su propia condición de filósofos, dedicaron por entero su vida a la búsqueda de la sabiduría y el testimonio de la misma a los demás, y su propia búsqueda constituía de por sí su fin último. O los que se dedican a estudiar la mente y al ser humano, como psicólogos y escritores de libros sobre desarrollo personal. Pero para la mayoría de personas de hoy en día, a las que la filosofía y el autoconocimiento puede ayudar muchísimo pero sin ser un fin en sí mismo a lo que vayamos a dedicar de forma explícita la mayor parte de nuestro tiempo o profesionalmente, nos falta algo más. Y tal vez sea un error mezclar el discurso y no dejar claro que buscar y encontrar no son las dos caras de una misma moneda, que no tienen por qué tener una relación tan directa, que puede haber gente que se pasa demasiado tiempo de su vida buscando sin encontrar, y gente que desde el principio, afortunados ellos, tuvieron claro quiénes eran y qué querían hacer, y la mayor parte de su vida pudieron dedicarla no a querer conocerse más y tratar la filosofía como una búsqueda, sino a concretar y desarrollarse única y exclusivamente en su vocación.

Así, yo, por ejemplo, actualmente no sé qué es a lo que me quiero dedicar profesionalmente y que me pueda apasionar, algo que de verdad me lleve a dedicar más de un tercio de mis horas de vida con motivación y esfuerzo, sintiendo que hago una aportación al mundo, persiguiendo una idea en la que crea por encima de cualquier otra, dando la mejor versión de mí mismo y, además, pudiendo vivir de ello. Y esto me lleva muchas veces a comenzar proyectos que no conozco y que no sé si terminaré, a comprometerme a ciegas con cosas que luego resulta que no me llenan, a procrastinar, a cambiar de opinión, a abarcar mucho y apretar poco y en definitiva a andar como un pollo sin cabeza. Bastante lejos de esa definición de solidez y fiabilidad que me animan a cumplir. Sí tengo ciertos valores muy claros que sigo medianamente bien, sí me intento conocer a mí mismo, sí pienso y busco y sí me atrevo con cosas diferentes, y es precisamente esa búsqueda la que me hace ser, por una parte, más sabio, pero por otra, tan variante y desfocalizado.

Me encanta filosofar y me siento a gusto teorizando, analizándome, conjeturando y tratando de entender cómo somos. Pero el mundo de hoy no nos invita a ver esta búsqueda general como un fin en sí mismo, se fija en qué viene después de encontrar aquello que elegimos como proyecto de vida. Para encontrarlo sí puede ayudar filosofar, pero ni filosofar implica de por sí un encuentro rápido y fácil, ni el hecho de saber qué es lo que queremos hacer implica que hayamos necesitado un gran proceso de búsqueda interior. Steve Jobs o Martin Luther King no son quienes son por haber llevado a cabo largo proceso de aprendizaje y conocimiento a lo largo de su vida, sino porque supieron pronto qué era lo que debían perseguir, y los resultados sólidos de esa convicción son los que les llevaron a ser celebridades y a quienes más se nos invita a parecernos.

Así, la próxima vez que nos hablen de estos temas de experimentar la vida, buscar, encontrar y luchar por aquello en lo que creemos, intentemos dejar claras dos cuestiones: la primera, saber si nos están hablando de dicho proceso de aprendizaje como un fin en sí mismo de enriquecimiento para aprovechar más el mundo que nos rodea y autoperfeccionamiento personal, o como una búsqueda ansiada y crítica de prueba y error para descubrir nuestra misión vital. Porque no es lo mismo la búsqueda de conocimiento de Mark Zuckerberg, con Facebook ya rodando, empezando a aprender chino mandarín y a leer un libro cada dos semanas, que la de un veinteañero que echa currículums a discreción a empresas o universidades sin tener ni puta idea de lo que de verdad le gustará hacer y dónde se está metiendo. Y segunda, que una cosa es ser coherente con los valores propios básicos que deseamos en nosotros mismos para ser unas buenas personas y unas mentes pensantes, y otra ser coherente en los actos domésticos que realizamos diariamente y los proyectos y las trayectorias en las que nos embarcamos. En el primer caso, es muy fácil tener claro qué buenas personas queremos ser, o al menos es algo que está bajo nuestro pleno control, y lo está a su vez esforzarnos, con más o menos éxito, en mejorarnos y disciplinarnos para ello. Pero en el segundo, para encontrar dicha trayectoria fija y coherente dependeremos de encontrar en nuestro entorno exterior nuestra misión vital que podamos traducir en una ocupación. Y esto, ya te voy avisando, es mucho más complicado.

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